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Lo que sientes cuando vives tus deseos

Y ahí estaba él, subiendo ya por el ascensor del hotel que él mismo había tenido el valor, la ilusión y la excitación de reservar. No se podía creer que llegara tan tarde a su cita. Si su cansina suegra no le hubiera entretenido habría llegado a su hora. Le llamaba la atención que a pesar de ser un hotel de 5 estrellas tuviera ese hilo musical tan cutre. Era una música horrenda. Por fin llegó al piso 13, ahora tenía que buscar la habitación 1323. Siempre le había gustado ese número, 23. Le chocó aún más que al salir al pasillo también se escuchara ahí el hilo musical. No era solo en el ascensor. “Vaya música de mierda”, pensó él, así no se crea un ambiente en condiciones. Con paso titubeante, estaba nervioso, muy nervioso, aunque no tenía por qué, simplemente había quedado con una amiga, una buena amiga, llegó a la puerta de la habitación. Por una parte prefería que ella todavía no estuviera allí, no habría llegado tarde a su cita, cosa que le molestaba bastante, pero por otra si quería que lo estuviera. En el fondo, él pensaba que ella podría arrepentirse de acudir a la cita.
Introdujo la llave que le habían dado en recepción y con las manos, humedecidas del sudor de la tensión, abrió la puerta. Recorrió dos pasos por el estrecho pasillo, que se abría luego en la habitación, que dejaba a la derecha el baño y se dirigió hacia la cama. Mientras caminaba solo llegaba a ver los pies de la misma. Parecía intacta, ella no habría llegado aún, conforme terminó el corto pasillo la vio. Estaba allí. Había ido a la cita. Ahora el sentimiento de culpa por llegar tarde era mucho mayor.
Ella estaba sentada en el borde de la cama. Con las piernas juntas y las manos apoyadas por las palmas en los muslos. Tenía la mirada perdida al frente, o eso parecía. De pronto, sin decir nada, miró el reloj y volvió a mirar al frente. Estaba enfadada, hasta él con su despiste podía notarlo. El sentimiento de culpa por la tardanza se hizo insufrible y él dijo sin pensar demasiado: ” No ha sido culpa mía”. Al instante pensó: Joder!! Qué gilipollez he soltado. Ella, sin levantar la cabeza se puso de pie frente a él. Levantó la cabeza y le miró con unos ojos que expresaban cualquier cosa menos enojo. Eran unos ojos llenos de emoción, alegría, dulzura. Él sintió un alivio enorme al verse reflejado en esos ojos que expresaban sentimientos que a él le gustaban. Se quedaron así, petrificados, mirándose el uno al otro. Sin mover ni un solo músculo más.
Al menos pasaron un par de minutos sin mediar palabra, él retiró su mirada un segundo para mirar al techo, allí vio los altavoces con ese hilo musical tan absolutamente desagradable para él. Los volvió a bajar y se encontró con ella, con su mirada, pero esta vez con un atisbo de sonrisa, sí, estaba sonriendo, y justo en ese momento empezó a sonar otra música. Una música distinta a la del hilo musical. Muy distinta. Él no cayó en ese momento aturdido por la belleza de su boca. No pasó ni un minuto cuando pensó: esta música? Ésto lo conozco yo. Esto es “My Prayer” de los Ink Spots .

Pensé que no habría más de 4 o 5 personas en España que conocieran esa canción. Qué momento! Al mismo tiempo se dio cuenta de que todo ese rato no se habían dirigido la palabra a excepción de la estupidez que él soltó. Cuando estaba comiéndose la cabeza para ver cómo rompía el momento miradas, se escuchó la puerta. Él se volvió hacia ella con gesto incrédulo. Ella lo miró tranquilo y por fin habló: “Abres o qué?”
Él se dirigió hacia la puerta y la abrió. Apareció un camarero muy emperifollado con la ropa de camareros de hotel que solo había visto por las películas. El muchacho respondió: “Servicio de habitaciones, puedo pasar?” . Él se apartó y lo dejó entrar. Puso la bandeja que traía encima del escritorio y volvió a la puerta. Allí se paró y le miró fijamente, se impacientó e hizo un gesto con el pie. Qué quería el dichoso muchacho? Entonces se dio cuenta de que era la jodida propina lo que estaba esperando. Se metió la mano en el bolsillo y encontró monedas y un billete. Rezó por favor que no fuera de 50€, que el muchacho seguro que no le daba cambio. Sacó el papel y respiró aliviado, era un billete de 5€, el muchacho se lo quitó de las manos y se fue con cara de mosqueo con paso firme fuera de la habitación, no sin antes cerrarla de un golpe contundente. Se volvió y ahí la vio de nuevo.
Estaba preciosa. Increíble con su vestido corto. Curiosamente, él no recordaba haberla visto nunca con vestido. Y le encantó lo que vio. Además se había cortado el pelo, normalmente a él le gustan de pelo largo, pero le quedaba tan bien ese corte que le pareció la mujer más maravillosa del mundo. Ella comenzó a andar, se dirigía hacia la bandeja. La abrió y apareció una botella de cava y un plato con unas fresas de color rojo pasión que resultaban muy apetecibles. Contrariado, pensó que no era esa la imagen que tenía de ella, ella no tenía nada que ver con las escenas de películas del Hollywood más romántico y ñoño. Ella en ese momento dijo: “Tendremos que brindar por mi ascenso laboral, no podría haberlo conseguido si no hubiera sido por tu apoyo. Al fin y al cabo hemos quedado hoy para celebrarlo como buenos amigos que somos”. Él contestó: “Claro, eso se merece un brindis, pero lo hubieras conseguido sin mi ayuda, solo tenías que creértelo”. Al mismo tiempo pensó “buenos amigos?”, y se contrarió, pero al tiempo pensó que claro, que realmente eran sólo amigos. Ella sonrió y le dio una de las copas que había llenado con cava, cogió la suya y brindaron. “Por el mejor amigo que tengo”, dijo, él le respondió: “por mi más que buena amiga”. Brindaron y se sentaron en la cama. Colocaron las fresas sobre la cama y sin pensarlo dos veces empezaron a disfrutarlas. Ya estaba más relajado. Se le había ido algo de la tensión acumulada. Tuvo la sensación de que él se tomó la cita con más seriedad que ella. Pero no le importaba, estaba disfrutando de su más que buena amiga, se estaban riendo y estaba con ella. Ella sacó de su bolso todos los aparejos del que fuma tabaco de liar. Empezando a prepararse uno, él le dijo: “Quieres que lo aliñemos?”. A lo que ella contestó: “Si es que te tengo que querer”. El primero se lo fumaron rápido, no paraban de hablar de sus cosas, de cine, de música, de cotilleos del pueblo, se reían, se partían de la risa, pero fue en el segundo cuando él, prestando de nuevo atención al hilo musical que allí sonaba, escuchó el “Hey Mamma” de los Black Eyed Peas.

Él no se lo podía creer, otra de sus canciones fetiche. Esta canción siempre le había puesto tela de cachondo, el dj de este hotel es un crack. La volvió a mirar a ella y vio que volvía a tener esa media sonrisa, no sabía por qué, luego lo entendería. Siguieron fumando y riendo, hablando y fumando.
Hasta que llegó el momento. El momento que el destino les había guardado. Él no creía en el destino, pero a lo mejor ella sí. En un instante de risas, las cabezas, lentamente se juntaron y rozaron. Apenas la punta de la nariz, pero se rozaron. Él pensó que simplemente habría sido que con el mareo de los aliñados y las risas, por casualidad se habían rozado por primera vez. Pero se dio cuenta que no, que había sido algo más que eso cuando vio la cara de ella. Se había parado en seco, había dejado de reír y tenía una mirada como de curiosidad, seria, con los ojos clavados en los labios de él. Qué era esa mirada? Nunca se la había visto a ella. Si no fuera ella misma, pensaría que la chica con la que estoy, está pensando en besarme. La miró a los ojos, le miró a la boca y cuando estaba a punto de volver a decir lo primero que se le ocurriera, ella lentamente acercó su boca hacia la de él. Juntó sus labios suavemente y le besó. El escalofrío que recorrió por el cuerpo de él era indescriptible. Ella retiró sus labios y los rozó sobre su mejilla. Se dirigió hacia el oído de él y después de lamerle el lóbulo de la oreja le susurró: “Aunque no lo pareciera, yo estaba más nerviosa, más tensa y más indecisa que tú”. Entonces, él le retiró la cara para mirarla a los ojos. Le esbozó una sonrisa y la abrazó. La abrazó como si fuera la primera vez que abrazaba a alguien. Ella le correspondió. Fue un abrazo sentido, en donde sus pechos se juntaban en uno. Después de un rato al que a él le pareció muy corto, se separaron. Se miraron, no se decían nada, y cuando él por tercera vez estaba a punto de soltar por su boca la primera tontería que se le ocurriera, se percató de nuevo de la música. No podía ser, sonaba “Hotblooded” de Roxette.

Se le pusieron los pelos de punta, pero si eran las canciones que él escuchaba para recordar los mediados de los 90! Aquellos años maravillosos. Llenos de amigos, de chicas, de actos irresponsables, de vivir sin preocupaciones. No como ahora, preocupados constantemente en hacer lo políticamente correcto. Empezó a dudar si todas esas canciones que escuchaba no eran fruto de su imaginación y de la marihuana que se estaban fumando. Ella también las escuchaba? No lo sabía, pero tampoco se lo iba a preguntar no fuera que pensara que estaba medio zumbado. Al bajar de nuevo la cabeza, la vio, de nuevo con esa media sonrisa tan enigmática. Ella de nuevo, dio el siguiente paso. Estaban de rodillas en la cama, uno enfrente del otro, ella se acercó dos pasos de rodilla y con sus manos le cogió la cara, suave y lentamente la acercó a la suya.
Sus labios volvieron a juntarse, pero no como antes, ahora se movían más enérgicamente, las bocas se abrían y cerraban. Éste no era un beso como el de antes, ni mucho menos. Empezaron a jugar con sus lenguas. Al principio casi tímidamente, solo la punta, pero a continuación, como perdiendo todo pudor, las lenguas eran chupadas, lamidas, ésto ya empezaba a no ser un beso normal. Ella separó su boca y la deslizó con la lengua fuera, lamiendo muy lentamente la mejilla de él. Llegó hasta la oreja y jugó un poco con ella. Él estaba medio aturdido del shock tan agradable que le había producido tal acercamiento. Desde el lóbulo de la oreja bajó al cuello, lo besaba, lo lamía, lo chupaba. De vez en cuando levantaba la vista y lo miraba a él. Lo veía con los ojos cerrados, mirando al techo, con la boca entreabierta.


Al cabo de dos minutos donde él había quedado satisfecho, aunque no tanto como ella, ésta se levantó, se le acercó y le dio un beso apasionado en donde la lengua de ella parecía una serpiente dentro de la boca de él. Estaba excitadísima, nerviosa, ansiosa, el corazón le latía a mil. Le empujó con un gesto decidido y lo tumbó. Le abrió las piernas y se dirigió hacia el miembro de él. Lo cogió con una mano y lo empezó a agitar de arriba a abajo suavemente primero, pero enseguida empezó a apretar continuando con el movimiento. Él no tuvo más elección que echar la cabeza para atrás y morderse el labio inferior, el placer era indescriptible. Pero no tanto como cuando ella acercó su boca y con la lengua empezó a juguetear con la punta, era un movimiento circular y suave. Luego con la lengua la recorrió entera, desde la punta hasta donde empezaba lo que no era el miembro. Volvía a subir, la estaba lubricando de una manera nunca soñada por él. En un movimiento inesperado por él, ella se la introdujo en la boca, chupaba la punta y bajaba, subía y bajaba, la única opción que tenía él era hincar las uñas en las sábanas de raso del hotel que él había buscado por internet con tanta excitación. Ella chupaba, mordisqueaba, con sus manos acariciaba los testículos, se deslizaba hasta el orificio de él y lo rozaba, apenas lo tocaba, pero era una sensación que a él le parecía tan excitante que pensaba que un minuto más así y acabaría por abrir las compuertas. Ella, guiada al parecer por un sexto sentido, fue consciente de eso y paró. Acto seguido se incorporó sin dejar de mirarse el uno al otro. Muy sensualmente, mientras que él permanecía tumbado hacia arriba, ella se colocó justo encima de él, tenía la intención de sentarse sobre su miembro, ahora duro, erecto y húmedo. Con una mano lo cogió y se lo introdujo lentamente. Fue una sensación mágica. Estaba entrando dentro de ella, no se lo podía creer. Ella ya no utilizaba la mano, apoyó sus manos en la cama por encima de los hombros de él y empezó a moverse muy lentamente. Sólo metía la punta. Una y otra vez, una y otra vez. Al mismo tiempo, él le acariciaba los pechos, esos pechos que siempre había imaginado, los tenía ahí, delante, eran suyos. En algún momento ella bajaba la cabeza, paraba su movimiento y le besaba, le besaba apasionadamente mientras estaban completamente acoplados, hasta el fondo.

Unos minutos después, él cogió fuertemente el culo de ella y la sacó. La sacó pero para cambiar de posición. La tumbó y se puso encima, en ningún momento puso nada de peso sobre ella, con sus propios brazos aguantaba el peso para que lo único que se tocaran fuera sus partes íntimas. Se la introdujo y empezó a marcar el ritmo. Ahora era ella la que estaba bocarriba y era él el que tenía el mando. Podía ver perfectamente la cara de ella gracias a la escasa luz que entraba entre las cortinas tupidas de la habitación. Estaba disfrutando. Estaban disfrutando. A veces ella, con sus manos, cogía los cachetes de él y los apretaba con fuerza, la quería hasta el fondo, otras veces era él el que casi la sacaba para volverla a meter. Para ser la primera vez, parecían sincronizados como si lo hubieran hecho juntos mil veces.
Al cabo de unos minutos deliciosos y de que ella se corriera un par de veces, él le preguntó: “Dónde? Dentro o fuera?”. Ella le respondió sin pensar demasiado: “Dentro, por favor”. Como no podía ser de otra manera, él le hizo caso y descargó todo su jugo dentro de ella, notaba cómo se ensanchaba el miembro para dejar paso el flujo denso de líquido. Ese ensanchamiento hizo que ella se llegara a correr por tercera vez. Fue tal lo que sintió él que hubo un par de segundos en donde se le nubló la vista, y un escalofrío le recorrió desde el pie hasta la cabeza. Fue uno de los mejores orgasmos de su vida. Pero él ya se lo había imaginado así, muchas veces, cuando se acostaba en su cama y jugaba a tener fantasías con su muy mejor amiga. Al acabar, exhausto, se tumbó boca arriba junto a ella. Ella se giró y se puso de lado mirando hacia él. Él hizo lo mismo mirando hacia ella. No hizo falta ni una palabra, se abrazaron, se besaron y se abrazaron de nuevo. Así quedaron un buen rato.
Parecía como si hubiera entrado en trance, porque cuando abrió los ojos, ella no estaba, se dio cuenta que había ido al baño. Al cabo de un par de minutos, ella salió vestida, con esa sonrisa pícara en la boca. Se quedó inmóvil de pie junto a la cama, mirándolo, como esperando algo, entonces él se percató de la última canción que sonaría en ese hilo musical, no se lo podía creer de nuevo, eso era lo que ella estaba esperando, empezó a sonar el “Entre interiores” de Extremoduro.

La sonrisa de ella se convirtió en risa silenciosa. Lo que dijo entonces no se le olvidará en la vida. Con voz entrecortada, aún de la excitación, pero decidida, ella dijo: “Bueno, me tengo que ir, ha sido increíble, nos vemos, ya te escribiré algo esta noche, o no. Por cierto, antes de irme buscaré al botones y le aumentaré la propina, se ha portado genial pinchando todas las canciones que le ordené”. Ni corta ni perezosa se dio la vuelta y se fue. De repente él lo entendió todo. Las risas pícaras de ella, sus silencios. Y ahí se quedó él, con esa cara de medio gilipollas y esa medio sonrisa, pensando: ésto no está bien, yo no debería de estar aquí, tenemos familia, joder!!
Pero mientras que pensaba eso no podía borrar esa medio sonrisa de la cara. Había sido increíble. Ella era increíble.

 

Insomnio Rojo.

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